Actitud cuando las cosas van mal
Por Lizzy Picado | 2 julio, 2018

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El valor de llegar…

Escrito por Karla Quirós el 14 octubre, 2013 Un Comentario
El valor de llegar…

Yo sabía que no iba a ser fácil, mi entrenamiento no había disminuido en los últimos meses, pero yo quería saber si era capaz de hacerlo otra vez … quería saber si de todo ese coraje que había tenido dos años antes todavía quedaba algo, yo quería volver a las carreras.

Conocida la ruta; había corrido una parte de ella varias veces,  pero por planeaciones de rutas de los organizadores, nunca la había hecho completa. Correr 6 o 10 kilómetros? Ese era el reto. Yo me inscribí en la de 10, al fin que había corrido muchos 10 kilómetros y no dude en hacerlo.

Desde antes del pitazo inicial, ya estábamos sudando y como digo yo “como chanchos”  sí, una comparación grotesca y jocosa a la vez… así sudan esos pobres animales cuando hace calor.  Le dije a mi amiga: preparémonos porque esto ya va a empezar, nos encomendamos a Dios y el pito sonó: comenzamos a correr. Por cuestiones meramente de mi cuerpo, el primer kilómetro es el más difícil para mí (supongo que es cuando mi cerebro se da cuenta de que estamos corriendo) y ésta no fue la excepción, pasado el segundo, tercero, cuarto, quinto todo iba normal.  En el sexto había que decidir: los de 6k se desviaban y los de 10 k seguían, pero faltaba el tramo más difícil: la subida y yo decidí seguir… Comenzó la verdadera prueba de resistencia: los últimos 4km de la carrera eran en cuesta arriba, que a simple vista no se ve tan alta, pero a la hora de correrla sí.

Como a 25 metros delante de mí iba un señor que NO paró en todo el camino, iba con un paso continuo y fue quien me ayudo –sin saberlo- a subir lo que faltaba. El calor, cansancio, el poco entrenamiento te juega sucio y cada vez me costaba más seguir subiendo, yo pensaba miles de cosas, es el momento en que añoras una manguera con agua fría para refrescarte, caminaba por partes, y corría por partes y veía pasar la gente que se había quedado rezagada junto conmigo. Faltaban todavía dos kilómetros y yo sentía que corría y no avanzaba.  Yo siempre bromeo con mis amigas y les digo “…yo llego a la meta aunque sea de rodillas, pero llego” y mis palabras casi se hicieron realidad. Dentro de todo este estupor que sentía, me replantee la estrategia y decidí mantener el paso corto y gastando la mínima energía, pensé: ahora sí, aquí vamos a ir a pasito lento pero seguro, yo tengo que llegar y lo voy a lograr… nunca me he quedado a medio camino y hoy no va a ser ese día… y comencé a subir esos dos kilómetros… el señor seguía delante mío, pero ahora más largo, y me habían pasado unas muchachas. También decidí no ver hacia atrás… no sabía cuanta gente venía detrás mío y ya no quería saberlo… puse mi mirada hacia adelante, a veces veía hacia los lados, buscando la ansiada manguera pero no la encontré, nadie había salido a regar su jardín esa mañana y no me quedo más que tomarme mi agua que ya estaba tibia y seguir.

Faltando un kilómetro y medio aproximadamente, mi cuerpo estaba gastado, mis piernas al paso lento, pero ya no las sentía, la mirada hacia adelante y lo único que esperaba era ver la meta. En ese momento escuche a un oficial de tránsito decir: ella es la última, y yo le dije que no, que venía gente muy atrás, y él me confirmo: no, usted es la última. En mi mente yo pensé, oh no, no puede ser. El oficial recibió órdenes de acompañarme hasta el final: en su imponente motocicleta, con su impecable uniforme me escoltó el resto del camino. No habló ni una palabra y yo no tenía fuerzas para hablarle tampoco, supo respetar mi condición, si yo me veía a como me sentía, seguro prefirió no hablar.

Seguí corriendo y como si fuera la vista de la tierra en alta mar, comenzaron a asomarme los edificios contiguos a la meta… Por Dios ya llegue me dije a mi misma, en ese momento ya no escuchaba el ruido ambiente,  ya no enfocaba a nadie, solo los gestos a 100 metros de la meta que hacia ademanes de siga con las manos y sonreía, al frente estaba la meta. Cuando la cruce, alguien me puso una medalla en el cuello y unos brazos se extendieron a mí: era mi compañero de trabajo y su esposa que siempre me esperan en la meta…  lo había logrado.

Mucha gente que conozco se burló de mí por haber sido la última de la carrera, pero yo… me siento orgullosa de haberla terminado porque, esa era mi meta: volver a correr, terminar la carrera… salir a luchar al asfalto.

Saben porque se los cuento… porque uno cree que nunca le va a pasar,  yo no soy una corredora de Elite, ni siquiera califico para estar en el corral de privilegio (es un corral para los (as) corredores (as) con mejores tiempos) soy una humilde aficionada, pero nunca pensé llegar de última, nunca pensé que me escoltara el oficial de tránsito o la ambulancia, porque se piensa que es vergonzoso, pero saben ahí es cuando una se demuestra a si misma de que es capaz de hacer por conseguir algo. Cada gota de sudor y cada lagrima valió la pena.

Ese o esa que viene de ultimo en la carrera de la vida, en la oficina, en un trabajo determinado, en las tareas de la Escuela o Colegio, en algún deporte, no es peor que nadie ni es el más lento de todos, es el o la que a pesar de todas sus dificultades hace las cosas de una forma diferente a las demás y va “a pasito lento pero seguro” para llegar a su meta y ese es el verdadero valor que hoy quiero rescatar.

NUNCA menosprecie al que llega de último (a)… ese (a) por lo menos llegó,  contrario a muchos que se quedaron sentados burlándose.

PD. Yo regrese a mi casa con la medalla en mi cuello y con un orgullo que nadie me podía quitar del pecho como si hubiera llegado de primera.

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